Los zarzales y las flores. Carta póstuma de Eduardo Ibarra Colado

Eduardo Ibarra Colado
LAISUM, julio 6, 2013

México, mayo 17, 2013

Vivir para vivir.
Sólo vale la pena vivir para vivir.
Para vivir.
Sólo vale la pena vivir para vivir.
Juan Manuel Serrat

“No se trata de mala suerte; simplemente así es la vida; a ella debemos ajustarnos
con cuánto nos pida, con lo que le podamos dar y siempre dispuestos a seguir adelante.
Se trata de caminos, de andanzas, algunas veces de inevitables paradas
o de ese necesario acelerar el paso para no perder el ritmo…”
Eduardo Ibarra Colado

Muy queridos amigos y colegas:

En enero pasado me vi sorprendido, como suele decir Edgar Morin, hoy a sus muy bien vividos 91 años, por el alea, el evento, el accidente, lo inesperado. Todo comenzó, con intensos dolores en la cadera y la cintura que se fueron convirtiendo en acompañantes crónicos, echando por tierra las explicaciones que siempre favorecemos sobre las posibles “razones” que permiten en principio comprender lo que no estaba previsto. Así se fue enero y nada. Las cosas no sólo no mejoraron sino que condujeron a una situación insostenible en la que el dolor hacía cada vez más difícil mi diario vivir: clara disminución del movimiento, dolores por aquí, por allá y por acullá, un acercamiento cada vez más permanente a la cama y un panorama incierto que impedía comprender al momento la ruta de este periplo para reanudar importantes proyectos en curso que debieron ser lastimosamente suspendidos.

En un acto de desesperación, y siempre antes de acudir a estudios médicos más probados, añoramos los remedios de la abuela: ungüentos, un té de mariguana, extracto de tiburón, oraciones y veladoras a “San cómo me dueles y a bájale”, o cualquier otra sugerencia que nos atreviera a entresacar de las amarillentas páginas que celosamente la familia guarda en el librero de los secretos sólo compartidos entre miembros de la tribu.

Acudimos a los saberes médicos, no sin recordar todo lo que al respecto nos ha explicado Michel Foucault. Podríamos decir, en este caso, que el dolor produce su propio conocimiento. Intentamos algunas primeras lecturas gracias a la generosidad de quienes saben que al leer comprendemos y nos alimentamos. Leímos con la lentitud propia de quien debe enfrentar el dolor para distinguir blancos y negros en un recorrido que se hace lento y difícil, el libro de Siddhartha Mukherjee, El emperador de todos los males. Una biografía del cáncer (Taurus 2010), me ha permitido comprender que este terrible mal rebasa apenas con 10 años de propia edad y que estamos muy lejos, a pesar de los grandes avances alcanzados, de superarlos para vivir mejor y un poco más. Recordé la relectura de otro libro de Morin que disfruté hace muchos años: El hombre y la muerte (Kairós 1970). Esta obra se la obsequié a algunos de los médicos que en este proceso, nuevo para mí, me ayudaron a comprender un poco más la complejidad de la enfermedad y el dolor, y la importancia que tiene como más allá de estos procesos humanos, vivir, vivir bien, vivir con los demás y apreciar que lo que más vale es nuestra comunidad de amigos y familiares con los que transitamos los buenos y malos momentos de los que está hecha la vida.

Entregados ya a los poderes de la ciencia médica, vinieron los primeros exámenes y estudios, con toda su tecnología, que no ha comprendido aún plenamente que a quienes estudian y examinan sienten, que la dureza de los materiales daña y afecta, que los asientos y sillones en los que uno debe aguardar en las consabidas “salas de espera”, debieran reconocer al enfermo y no al cliente, a quien sufre y no al que se regocija aguardando su turno con su teléfono celular. Al incomprensible vocabulario especializado de estudios de todo tipo hubo que agregar los nombres difíciles de comprender que refieren a medicamentos que para el paciente poco significan, y las complejas rutinas que su administración supone. El resultado fue la presencia de metástasis al sistema óseo y varias vértebras colapsadas que fueron urgentemente tratadas. Desde entonces, 14 de febrero, entré en permanente lucha para ir recuperando cierta calidad de vida y aprendiendo el difícil arte de controlar el dolor que se mantiene activo sin pedir permiso.

Desafortunadamente, nuevamente el azar. Lo que no se logró detectar a través de los estudios disponibles actualmente en el campo de la medicina, lo que la ciencia que separa y simplifica no llega a un a ver, nos mostró la abismal diferencia entre un dos y un cuatro, y eso, en cáncer, no es poca cosa. El dolor, no sólo continuó, sino que se hizo permanente obligando, tan sólo un par de días después, a un nuevo internamiento. Era claro a estas alturas que la causa se encontraba más allá del tumor en el riñón y que regresar al pabellón de Hipócrates para encontrar, ahora sí, “la verdad”, resultaba parte del guión inicialmente no previsto. No había más opción que acudir a lo que los médicos denominan un estudio P.E.T., con lo que no sólo llevaron a cabo una revisión de los procedimientos quirúrgicos previos, sino un análisis en detalle para determinar las causas inicialmente no consideradas. El resultado fue la presencia de metástasis al sistema óseo con presencia de varias vértebras colapsadas que tendrían que ser urgentemente tratadas, para evitar un mal irreversible.

Lo que no era habitual en mi caso, hospitales, medicamentos, falta de apetito, hombres de blanco y tantas cosas más, entraron de lleno a mi cotidianidad. No ha dejado de sorprenderme a cuantos colegas y conocidos he visto en los pasillos de los hospitales, lo que me ha obligado a replantear el sentido que tiene hoy la salud como estrategia para alargar la vida en tanto vida de consumo y no, como pudiera y quisiera esperarse, para propiciar el buen vivir con los otros sin más.

Este apretado recuento, pues en verdad es difícil plasmar en unas cuantas palabras un cambio tan radical como profundo e inesperado, es motivado nuevamente por mi convicción de compartir con amigos y compañeros lo bueno y lo malo de la vida, no para invocar malas fortunas, pues ellas nunca han formado parte de mi cosmovisión, sino para reconocer que la vida es así, que es un desafío permanente al que debemos enfrentarnos con los otros, a su lado, como un equipo que coopera todo el tiempo para salir adelante y hacer de la sociedad y de cada uno de nosotros mejores sujetos. Por eso puse como epígrafe la canción de Serrat: “Te dejan sus herencias / te marcan un sendero / te dicen lo que es malo / y lo que es bueno, pero… / ni los vientos son cuatro / ni siete los colores / y los zarzales crecen / junto con las flores.”

No se trata de mala suerte; simplemente así es la vida; a ella debemos ajustarnos con cuánto nos pida, con lo que le podamos dar y siempre dispuestos a seguir adelante. Se trata de caminos, de andanzas, algunas veces de inevitables paradas o de ese necesario acelerar el paso para no perder el ritmo. Esto explica, como ya lo comentamos, la dura decisión de suspender temporalmente la publicación del Semanario LAISUM desde el del 18 febrero pasado, además de plantear la necesidad de reestructurar e institucionalizar el proyecto para garantizarle larga vida.

Hoy nos encontramos en esta ruta en la que participa un amplio grupo de amigos, entre colegas, autoridades solidarias, estudiantes siempre dispuestos a darlo todo a pesar de que no lleguen a comprender aún lo que de su esfuerzo a la larga recibirán; técnicos, ingenieros y expertos que con compromiso, creatividad y muy pocos recursos han hecho del portal la casa de todos, y ya de cerca de 1500 usuarios que han manifestado toda su disposición para lograr que el proyecto perdure con aportaciones de diverso tipo para su sostenimiento.

Desde que pusimos en operación el LAISUM en septiembre de 2006, hace ya cinco años y nueve meses, señalamos que una de sus características sería el trabajo artesanal -y cómo olvidar aquí la estupenda obra de Richard Sennett, El artesano (Anagrama 2008), ese que se hace con otros -conjuntamente, co-operando (como en la medicina), desde la habitación, con el placer de ensuciarse las manos, entre cosas y fluidos, y sin distingos de jerarquías más allá del saber y la autoridad que otorgan el arte de gobernar porque todos saben que sabe. El artesanado tiene poco que ver con el ámbito militar de generales, capitanes y soldados rasos entre los que, a más jerarquía, muchas veces, mayor ignorancia.

Nosotros apostamos, más bien, al placer de ver-producir desde nuestra propia creatividad e imaginación y las figuras de barro que pudieran ser de utilidad a nuestros padres bajo la convicción de que la ciencia, la educación, el conocimiento y el arte son bienes públicos y, en esa condición, bienes de todos. La experiencia, como lo consignamos en distintas columnas en el portal, ha sido invaluable y por nada la cambiaríamos, aún a pesar del esfuerzo implicado y la tozudez de quienes no están dispuestos a valorar aquello que no se mida en pesos y centavos.

Sin embargo, el sexenio transcurrido nos ha mostrado también que no todo es posible con voluntad y que proyectos de la envergadura que representa el LAISUM, para continuar su trayecto con éxito, requieren mucho más que la voluntad de algunos pioneros/utopistas/soñadores en los que la Universidad imaginada pasa en alguna medida por su necesaria institucionalización.

Los últimos días, tras una plática de esas que tanto disfruto con Luis Porter, me percaté que el silencio es una manera de ceder al dolor y que combatirlo implica recuperar la palabra. Cuesta trabajo, es difícil, pero ayuda, sin duda, al señalar que aquí estamos, que aquí seguimos, que falta mucho por hacer, no sólo en el LAISUM, sino impulsando proyectos institucionales que hagan de la UAM esa universidad viable y fuerte dentro de 20 años. No nos podemos permitir casi cuatro décadas de empeños de infinidad de personas para hacer de la UAM uno de los más importantes proyectos universitarios de México del que todavía habrá mucho qué hacer y qué decir. Estoy seguro de que así será y de que, más allá de las personas, será su capacidad institucional, es decir la fortaleza de sus reglas de convivencia y su capacidad para cooperar y caminar juntos, la que ubiquen a nuestra casa abierta al tiempo en la punta de los proyectos culturales abiertos a la sociedad en los próximos años.

Es por ello que en los últimos días me tome pequeños espacios de tiempo para compartir, con quienes no lo había hecho, y para hacerlo a mayor profundidad con quienes supieron en su momento escucharme, mi estado de salud, su evolución y perspectivas. Sería imposible responder a cada uno de ustedes en lo particular, lo que de ninguna manera menoscaba la gratitud por su interés con la que siempre me siento tan acompañado. Para reducir el riesgo de omisiones he decidido publicar estas líneas en el portal del LAISUM, pidiendo retransmitan a los miembros de nuestras tribus mis sentimientos y palabras. Además, me atrevo a mencionar a grupos de amigos, familiares y colegas que se hicieron presentes, lo que no dejó de ser una muy agradable sorpresa que funcionó como uno de los mejores analgésicos para el dolor y desinflamatorios del alma. Reitero que cuando la voz se oye el dolor amaina y que indica que las cosas mejoran, así sea lentamente.

Este primer cuarto del año he estado acompañado por el interés de mis colegas de la Academia Mexicana de Ciencias y el Consejo Mexicano de Investigación Educativa. Trabajamos juntos hasta en tanto ello fue posible. Espero la incorporación pronta para seguir fortaleciendo nuestras instituciones académicas, esas que han hecho que la ciencia no languidezca a pesar de todo lo que tiene en contra.

Asimismo, el equipo institucional en el que participo en la UAM para apoyar su necesario proceso de reestructuración, al lado de Margarita Fernández y Pedro Solís, y del equipo de autoridades que han logrado en poco menos de cuatro años revitalizar su orden institucional para dotarla de las condiciones que la proyecten sin lugar a dudas como una de las mejores. Espero retomar muy pronto estas tareas dada su envergadura.

Y qué decir de mi tercera casa, la UAM-Xochimilco que, desde el Departamento de Producción Económica, recibió al LAISUM dotándolo cada vez de mejores condiciones para su desarrollo y la proyección de nuestro quehacer académico. Colegas profesores y responsables de conducir sus órganos no han cejado en momento alguno, con generosidad en apoyar y reconocer esta iniciativa. El LASIUM es un grupo fuerte, de muy alto nivel académico, y del que hay que esperar todavía muchas cosas. Esperamos estar allí para colaborar en lo posible.

No puedo dejar de consignar mi pesar por no haber acompañado a mi colega y amigo Germán Monroy, con quien compartí en muchos momentos proyectos y discusiones y que se nos adelantara en el camino dejándonos sin duda una contribución que no podemos darnos el lujo de olvidar. Ojalá recordáramos mucho más lo que hemos sido y no nos regodeáramos sólo en lo que somos, pues es mucho lo que queda en el camino y que no consignamos por las prisas del trabajo diario y nuestra poca tradición para construir la historia escrita de nuestras universidades y sus grandes personajes. Nos hace falta más memoria institucional, menos olvido, aprender de todo lo que hemos hecho y que, a final de cuentas, dejamos de lado incomprensiblemente.

En este escenario mis estudiantes, a veces un tanto callados, a veces un tanto tímidos, en ocasiones atrapados por los lugares comunes, son pieza imprescindible. Sin ellos nada de lo que hago tendría sentido, son motor y energía, fuerza, razón de ser. Nunca lamentaré tanto haber tenido que suspender a tan sólo dos semanas el anhelado seminario de posgrado que por distintas razones no ha logrado arrancar como uno quisiera. Pero ya lo haremos con el afán de concretar esa comunidad de aprendizaje en la que hay lugar siempre para todos.

Larga es la comunidad de estudiosos sobre la Universidad, no sólo en mi propia UAM-Iztapalapa, en donde compartí con una gran cantidad de colegas y amigos 25 años -cuánto aprecio aquellos mensajes inesperados que muestran que la UAM se mantiene en pie por la madurez intelectual y personal que ha cultivado todo este tiempo-, o en el departamento de Estudios Institucionales de la UAM-Cuajimalpa, que con sus ocho años ya recorridos, se prepara para consolidar su proyecto. Como no mencionar al amplio grupo de investigadores en este campo que ha participado a lo largo de 20 años en proyectos que he tenido la oportunidad de dirigir, incluyendo a las instituciones grandes federales y a casi todas las universidades estatales. En especial cuentan el seminario educación superior de la UNAM, en el IISUES, el CEIICH y el Observatorio Universitario Mexicano. Pero están también mis amigos de fuera, aquellos que desde el ámbito internacional me han permitido proyectar los estudios organizacionales en América Latina en el mundo anglosajón, tarea intensa que nos ha puesto sobre el mapa y sus coordenadas. Proyectos en curso quedaron inconclusos pero nos preparamos para retomarlos tan pronto el semáforo de nuestro devenir encienda el verde.

Mis amigos de siempre, siempre están. Su aprecio es inconmensurable, imprescindible, siempre grato. Imposible enlistarlos. Ustedes saben quiénes son; seguimos juntos, lo seguiremos, qué duda cabe.

Como siempre, lo más importante siempre viene al final. La familia, que ha mostrado en unas cuantas semanas la razón de ser de los Ibarra y de los Soria. Nada me falta. Al contrario, nunca espere recibir tanto apoyo hasta darme cuenta de aquello que muchas veces tenemos cerca y ni nos percatamos. A estas dos que hacen una gran familia, se une la persona que nunca pasa desapercibida; se trata de mi compañera Carmen de toda la vida, que durante 31 años ha hecho posible todo lo que he hecho, y de mis hijos, Diego Alfonso y Ximena, que se abren paso construyendo sus propios proyectos desde la creatividad y la imaginación del diseño gráfico y los empeños realizados para lograr que las ciencias genómicas ayuden cada vez más a lidiar con el dolor y resolver los problemas de salud que seguimos sin descifrar.

Desafortunadamente el año me recibió con una sorpresiva enfermedad. En esos momentos el pronóstico era alentador pero no todo resulto como estaba previsto. En fin, lo que queda en estos momentos es enfrentar la enfermedad y retomar el trabajo bajo nuevas condiciones. Agradezco todas sus expresiones de afecto y espero seguir escribiendo, haciéndome escuchar y reiterando que aquí estoy esperando poder saludarlos en algún momento personalmente.
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