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Pensar mal y escribir mal

Juan Domingo Argüelles
Campus Milenio, noviembre 1, 2012

Si, como es obvio, la escritura es la representación gráfica del pensamiento, mucha gente escribe y lee mal porque piensa mal, es decir incomprensiblemente, producto de un razonamiento confuso cuando no abstruso.

Javier Sánchez Pozos, profesor-investigador del Departamento de Filosofía de la Universidad Autónoma Metropolitana Iztapalapa, ha explicado algo que no suele tomarse en cuenta entre las causales de la deserción en la educación superior: “Se cree que los estudiantes abandonan sus carreras por cuestiones económicas, sociales e históricas, pero mucho es también porque no saben leer y escribir bien, pues no son capaces de tener una comprensión de lectura suficiente para aprender”. (César Arellano, La Jornada, 15 de septiembre de 2012.)

Sostiene el investigador que estudiantes universitarios y preuniversitarios no sólo no comprenden la estructura gramatical, sino que además adolecen de un paupérrimo léxico y un bajísimo razonamiento lógico, fruto de un sistema educativo que ha privilegiado los procesos memorísticos y ha puesto en segundo término el análisis, la crítica y la reflexión, procesos fundamentales del aprendizaje inteligente. Dicho de otro modo, a estos estudiantes les falla la cultura lógica.

Al acertado diagnóstico de Sánchez Pozos, habría que añadir que estas limitaciones se hicieron más evidentes a partir de que, en México y otros países de América Latina, se adoptó el modelo tecnocrático-deshumanizado de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE), en el que las humanidades son “transversales”, una manera eufemística de decir que son colaterales, secundarias o marginales.

Lo peor es que, con frecuencia, cierta tendencia académica agrava las cosas, con una extraña mezcla de presuntuosidad terminológica y garigoleo huero cuya representación escrita es lo que se ha bautizado como la “prosa garapiñada”: un mazacote de melcocha, duro para los dientes, con un insignificante cacahuatito adentro (que equivale a la idea).

Pensemos en un elemento tan simple y a la vez tan sacramentado como la tesis. ¿Cuántas tesis se hacen y cuántas se publican? Se imprimen todas, eso sí, para cumplir con el requisito y para regalar ejemplares a la familia y a los profesores (que, generalmente, no los leerán), pero muy pocas alcanzan la publicación, y esto generalmente en los mismos ámbitos académicos o, en coedición, con algunas empresas privadas que no las publicarían de no ser porque se las pagan por adelantado. Para el caso, la tesis es sólo un rito de pasaje cuya única consecuencia es conseguir el grado. Muchas de ellas están mal escritas y es un sufrimiento —hasta para los sinodales— tener que leerlas.

Esto es así desde hace décadas. Y lo peor de todo es que se trata de un mal contagioso. Algunas personas que se expresaban con claridad meridiana, tan pronto como se convierten en investigadores que deben cubrir requisitos, comienzan a escribir “especializadamente”, es decir con prosa rebuscada y retorcida, grumosa, con profusión y abuso de innecesarias notas al pie (algunas más largas incluso que los párrafos del cuerpo del texto; tan largas que dan la vuelta a la página siguiente y luego pasan a la otra). Parecería que escribir soporíferamente es ya una exigencia curricular, pues todo el mundo sabe que un texto sin “suficientes” referencias al pie da menos puntos para el SNI. Lo que era un buen recurso de precisión o sustento documental se convirtió en un exceso avalado y consagrado académicamente.

En una entrevista para mi libro Lectoras (Ediciones B, 2012), le hice la siguiente pregunta a la escritora e investigadora Sara Sefchovich: ¿Cuál es la mayor mentira que has escuchado sobre la lectura? Su respuesta no puede ser más demoledora: “Que la gente preparada lee o está ávida de leer. Soy académica en la UNAM y creo que es una mentira pensar que los académicos leen los productos de los otros académicos. Lamento mucho la manera en que se han establecido las jerarquías, méritos y evaluaciones de la vida académica, pues todos esos requisitos absurdos obligan a producir una cantidad de cosas que a nadie le interesan y que, efectivamente, nadie lee. En teoría uno tendría que estar actualizándose en su campo todo el tiempo, pero con esos procedimientos no lo logras, porque todo eso va en una carreta muy aburrida de jalar”.

En “Organizados para no leer”, uno de los mejores ensayos de su libro antológico Leer (Océano, 2012, selección y prólogo de Fernando García Ramírez), Gabriel Zaid advierte que “la mala prosa en las ciencias sociales se ha vuelto casi un requisito”, pues “los historiadores, sociólogos, psicólogos, que escriben demasiado bien se vuelven sospechosos de poca profundidad”.

En efecto, de manera paradójica, la mala prosa académica tiene el prestigio de la profundidad en tanto menos comprensible sea. Su carácter inextricable, que recurre a la ensalada de una sintaxis endemoniada revuelta con lo que pomposamente se llama “intertextualidad” y referencias (muchas referencias) al pie, se ha hecho legendario, y ya es habitual incluso en el “estilo” de estudiosos literarios y escritores o especialistas, académicos o no, de la cultura y la lectura, lo cual lleva aún más lejos la endemoniada paradoja: la profundidad no sólo no se encuentra jamás, sino que hay que aburrirse una eternidad para poder pescar alguna pálida idea ¡en los textos que se asumen como invitaciones a leer y comprender a un autor! Leyéndolos, a uno le queda la certeza de que el autor que se comenta es más pesado que el plomo, aunque las más de las veces el único pesado sea su comentarista.

La fama ya legendaria de la mala prosa académica se traslada, desde hace décadas, a las tesis de grado que, en buena cantidad, o son ensaladeras (donde se revuelve todo) o plagios descarados de alumnos y profesores que, con el argumento de la nota al pie, ni usan ni recomiendan los entrecomillados: a plagiar sabrosa o aburridamente se le ha dado en llamar “intertextualidad”.

Hay casos recientes en los que —producto de esta costumbre de “olvidar” las comillas — se ha exhibido de qué manera “escriben” sus originales textos algunos prestigiados universitarios en el ámbito literario. No sólo las ideas no son suyas, sino tampoco la redacción. ¿Y no acaso un flamante diputado del mal llamado Partido Verde ―maestrante con una doble licenciatura y mención honorífica― acaba de plagiar una ley hondureña para presentarla al pleno de la cámara como una contribución personal, recurriendo al esforzadísimo trabajo del copy-paste? Seguramente su tesis de licenciatura debe ser originalísima y no nos extrañe que coincida hasta en puntos, comas y faltas de ortografía con otra redacción que, para variar, también proviene de otro plagio. Y en el Senado de la República el arte del copy-paste de maestrantes ha llegado hasta Harvard, para bochorno y vergüenza sobre las prácticas comunes de apropiación intelectual en nuestro sistema educativo. Claro que si Bryce Echenique también lo hace y, además, lo premian, pues ya todo el mundo queda exonerado de antemano, puesto que ello sienta precedente.

Según el adagio, para un buen lector todos los géneros son buenos, con excepción del género aburrido. Resulta casi incontestable. No se vale argumentar que lo “difícil” de leer es más agudo porque es más complejo, y es más exigente porque es más rico en referentes. Lo realmente difícil es ser claro. Lo claro nunca es espeso (ni Wittgenstein lo es), y sólo presuntuosamente alguien podría equiparar frivolidad o simpleza con diafanidad. Releamos a Platón, Séneca, Montaigne, Descartes, Schopenhauer y Voltaire: ninguno es aburrido, ninguno es indescifrable, y todos son profundos además de diáfanos.

En el ensayo “Nota al pie de las notas al pie” (Lumen, 2009), Zaid nos ilustra con la jocosa “Ponencia presentada en el Tercer Coloquio Internacional del Asterisco sobre ‘El ascenso de la nota al pie. La inversión carnavalesca de pies a cabeza’”, y ahí señala que la etapa sublime de esta pedestre exquisitez es el asterisco desde el título en un texto que no busca lectores sino sólo quedar bien con los auspiciantes, “pues una vez que se llama la atención sobre el honor de haber sido invitado por tal institución, o sobre el inminente lanzamiento de un libro, es secundario que el texto sea leído o no”.

Las notas al pie en estudios, tesis, ensayos académicos y demás variantes de esa prosa administrativa —que ya es requisito de ley en los ámbitos académicos—, serían una contradicción si los textos en sí, sobre los que se enciman las notas, fuesen amenos. Pero como esto generalmente no es así, lo que hacen las notas es desbordar el aburrimiento.

En el remoto caso de que el texto fuese potable, además de interesante y lúcido ―y tan sólo dañado por las notas al pie―, el fenómeno sería, dice Zaid, como “escuchar dos voces que hablan al mismo tiempo; la segunda interrumpiendo a la primera, aunque no tenga mucho que decir”. Esto, sin embargo, sería extrañísimo, pues, en general, los grandes ensayos y textos reflexivos no están jamás interrumpidos por esas voces impertinentes. Vayamos al estante y comprobemos que El arco y la lira, de Octavio Paz, tiene unas poquísimas y breves notas al pie cuyo único propósito es la utilidad de precisar algo.

Con buen humor y extraordinario símil, Zaid refiere lo que pensaba Noel Coward al respecto: “Cuando estás leyendo sabrosamente, interrumpir por la llamada de una nota y bajar las escaleras a ver de qué se trata, es como atender el timbre que te pide bajar a la puerta, cuando estás arriba haciendo el amor”. No hay mejor manera de decirlo. Por supuesto, resulta claro que, con la mala prosa académica, nadie siente estar haciendo el amor. Es asunto burocrático, exactamente como la elaboración de la tesis.

Hacia 1915, en una serie de ensayos que conforman el libro Patria mía (Tusquets, 1971, traducción de Mirko Lauer), Ezra Pound advirtió que las tesis en las universidades resultaban cada vez más inútiles si no alentaban la creación y la investigación o servían, al menos, para ampliar y profundizar los conocimientos del graduado al tiempo que se constituían en “una nueva contribución a una suma de conocimientos preexistentes”. Lo que Pound proponía era un trabajo más creativo y menos circunstancial; menos un requisito y más una producción.

En realidad, la tesis es sólo un requisito, decía Pound, impuesto por la tradición académica, después del bachillerato, pero incluso, “por lo general, las tesis doctorales son tediosas, están mal escritas, el candidato tiene que pagar la impresión de las copias requeridas, dado que ni las publicaciones especializadas se interesan por ellas”. Los únicos que las consultan, concluía Pound, son los propios estudiantes, para hacer otras tesis o para ya no hacer una más sobre un tema demasiado atendido por los tesistas.

Uno llega a pensar que nadie se aburre tanto como el que escribe una tesis (y se desespera y se jala el pelo porque no sabe redactarla). Pero siempre hay alguien que puede aburrirse más: el que la lee (aun si sólo lo hace para corregirle el estilo).

 Juan Domingo Argüelles

Poeta, ensayista, editor, divulgador y promotor de lectura. Sus más recientes libros: Escribir y leer con los niños, los adolescentes y los jóvenes (Océano, 2011), Estás leyendo… ¿y no lees? (Ediciones B, 2011), Lectoras (Ediciones B, 2012) y Antología general de la poesía mexicana (Océano/Sanborns, 2012).

5 comentarios a Pensar mal y escribir mal

  • Buen día Juan Domingo!
    Estoy de acuerdo con lo que afirma en su escrito. Tenemos el problema, pero… por dónde o con quién empezar a resolverlo?. Creo que muchos docentes también carecemos de la habilidad del bien pensar, bien decir y por lo tanto, del bien escribir.
    Me quedo con la tarea de reflexionar y decidir cómo contribuir para superar este problema.
    Noemí Ortega

  • Muy bonito artículo.

    Recuerdo cuando estaba en segundo de secundaria. En el libro de Idolina Moguel leímos un texto prehispánico de un padre que daba consejos a su hija (disculpen que cite de memoria).

    “Porque debes aprender a hilar y tejer y a cocinar, porque no sea que un día caiga la desgracia en la casa de los nobles y tengas que ganarte tu sustento. Porque la vida está llena de penas y sinsabores y la riqueza, el amor y la dicha que a veces gozamos son sólo una pausa para que nos consolemos de nuestra aflicción.”

    En el ejercicio decía muy en claro. “Conteste las siguientes preguntas de acuerdo A LO QUE DICE EL TEXTO”

    ¿Para que sirven la riqueza el amor y la dicha?

    (a) Para nada.
    (b) Para consolarnos de nuestra aflicción.
    (c) Para llenarnos de alegría.

    Yo contesté (b) pero el profesor dijo que estaba mal, que la respuesta correcta era (c). Yo insistí y él preguntó al grupo que opinaban ellos. ‘¡Por supuesto que la riqueza el amor y la dicha son “para llenarnos de alegría”, ¿verdad?’ Todos mis compañeros le dieron la razón.

    Yo señalé que el ejercicio se trataba de contestar de acuerdo a lo que decía el texto, pero jamás me entendió. Me dijo que ‘como podía una niña de trece años tener una visión tan catastrofista del mundo, opinando que los placeres de la vida eran sólo para “consolarnos de nuestra aflicción”‘. Cuando intenté una vez más explicarle que esa no era mi opinión, sino la del autor que escribió el texto culminó:

    -Usted se apellida Contreras… porque se nota que tiene una obsesión con darle la contra a todo.

    Steven Pinker, autor de “How the mind works”, dedica algunos párrafos a explicar la creación de enunciados “recursivos”.

    Santa Claus existe.
    Juan cree que Santa Claus existe.
    Pedro sabe que Juan cree que Santa Claus existe.
    José me dijo que Pedro sabe que Juan cree que Santa Claus existe.

    En teoría podemos seguir hasta el infinito, pero llega un punto en que el más aguzado se pierde. Yo siempre tengo cuidado en evitar la recursividad en tanto sea posible. Cuando descubro uno de mis enunciados demasiado recursivo, inmediatamente lo parto en dos, aunque eso implique modificaciones mayores a mi texto.

    Pero alguna recursión es siempre necesaria. Algunos proponen que la esquizofrenia consiste en la incapacidad total del cerebro para manejar la recursión. El cerebro no puede distinguir “Juan cree que Santa Claus existe” de “Santa Claus existe”, perjudicando su capacidad para percibir la realidad.

    Para los que tenemos un cerebro que funciona correctamente ¿cómo podemos aprender a pensar mejor? La respuesta está en el intercambio de ideas. Necesitamos salirnos de nuestro cómodo grupo social en donde todos nos celebran nuestros prejuicios y poner nuestras ideas a prueba con personas de otros contextos.

    De eso se debería tratar una universidad.

    • Si Juan cree que Santa Claus existe, no entiendo por qué las riquezas, el amor y la dicha deban sólo consolar nuestras aflixiones… Jajajaja, excelente reflexión…

      Estimado Juan Domingo, discúlpame pero te faltó sólo una nota al pie, que dicho sea de paso sí complementa el texto, sin desviar la atención de lo sustantivo, pues sólo lo refuerza:

      – El diputado aludido es de David Pérez Tejada, cuyo hermano es presidente Municipal y quiere ser Gobernador… Se pintan solos…

  • me parece un muy buen escrito y muy cierto en todos los aspectos. Y un gran problema es que yo antes era de las personas de “copy paste”

  • Hace más de una década, el filósofo Denis Dutton organizaba el “Bad Writing Contest”, donde siempre ganaban los textos académicos. Eso evidenciaba muy claramente que el problema no está en que los jóvenes no sepan entender un texto, sino que algunos académicos escriben artículos ilegibles.

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