Nuevo gobierno, ¿nuevas políticas para las universidades públicas?

Humberto Muñoz García (recillas@servidor.unam.mx)
Instituto de Investigaciones Sociales, Seminario de Educación Superior, UNAM
Publicado en Campus Milenio, diciembre 8, 2011

El 25 de noviembre se llevó a cabo el Foro sobre Gobierno y Ciudadanía Universitaria en la sede de Mexicali de la Universidad Autónoma de Baja California (UABC). En dicho encuentro participamos Manuel Gil, Eduardo Ibarra, Imanol Ordorika y quien esto escribe. Fue organizado y coordinado por Jesús F. Galaz. Las discusiones, entre los ponentes y entre éstos y el público, fueron muy estimulantes. Al final del día todos estuvimos de acuerdo en que es indispensable, en estos momentos que atraviesa el país, que los académicos se reúnan, debatan, intercambien, formulen y compartan nuevas preguntas apropiadas para dar cauce al devenir institucional en nuevos contextos políticos.

La reunión consistió de tres paneles, uno de los cuales se dedicó a la educación superior mexicana en la encrucijada: ¿Por el mismo camino o hacia dónde? En el presente artículo abordaré este tema. Obviamente, me es imposible relatar toda la riqueza de lo dicho en el foro. Resaltaré algunas de las ideas que expuse. Recojo otras vertidas en la discusión en espera de haber captado el sentido que mis colegas les dieron.

Desde hace dos años, aproximadamente, comencé a escribir en Campus acerca del agotamiento de las políticas educativas aplicadas al nivel superior. Hoy tenemos desafíos pendientes que las políticas en boga no alcanzan a resolver del todo. Persisten retos sobre cobertura, financiamiento, infraestructura y equipos para enseñar e investigar.

Pero aquí no concluye toda la problemática universitaria. Considero que las políticas aplicadas siguen un modelo educativo cuestionable. La óptica con la que se enfoca a la educación superior centrada en las “competencias” se restringe a una mirada cargada en la formación para el trabajo. Y, hasta ahora, quienes formulan y ejecutan las políticas han resultado insensibles a las críticas. La formación integral de los estudiantes no está a la vista, como tampoco lo está la enseñanza de las humanidades, tan indispensable en el mundo de hoy.

Producimos pocos doctores, pero no se considera la posibilidad de encaminarse a una reproducción ampliada de posgrados que formen investigadores capaces de producir conocimiento original. No hay coordinación del sistema educativo ni impulsos hacia una organización en redes de las universidades públicas para aumentar la calidad académica del conjunto, etcétera.

Las políticas vigentes tampoco tienen en cuenta la multiplicación de públicos que demandan servicios y productos universitarios. Así como tampoco la falta de condiciones institucionales para resolver lo emergente en el entorno social. Lo que se ha dejado de lado puede abrir fisuras en el sistema educativo que, de no atenderse, pueden generar más tensiones de las que existen, hasta el punto de arriesgar la buena marcha institucional.

Además, las políticas que se han seguido en los lustros recientes no han resuelto la renovación de la planta académica ni los problemas que envuelven al retiro. La evaluación del trabajo académico es como un barco que hace agua. Las políticas vigentes no saben cómo quitarle el jaque a la academia.

Uno de mis colegas sostuvo que la continuidad de las políticas vigentes se ha justificado por el control político de las instituciones. Reconocimos que, para tal propósito, han sido eficaces. Pero en el foro consideramos que, desde el punto de vista académico, están más que agotadas.

La continuidad de las políticas no tiene otra justificación que mantener el control. Un nuevo gobierno de la República, por el contrario, debería preocuparse por el desarrollo de destrezas académicas y fortalecer la comunidad científica. De otra forma, será imposible que el país logre competitividad para la globalización o que los mexicanos podamos transitar hacia la sociedad del conocimiento.

En suma, diría que, una vez más, sugerimos pasar a una etapa de políticas de más amplio alcance, que vayan más allá de la república de los indicadores.

Al pensar en nuevas políticas, se necesita prever cómo se va a manejar la futura expansión del sistema universitario y visualizar los principios y valores que rodean a las universidades, claves para su desarrollo.

Categóricamente, hay que dejar atrás la monetarización de la academia. Ser una universidad hoy para ser una universidad mañana se funda en la responsabilidad social, entendida como aquella en la que la actividad universitaria tiene influencia en el desarrollo de la sociedad para lograr mejores niveles de bienestar y prosperidad. La responsabilidad social es un eje de cambio institucional.

La universidad de este siglo está fincada en la producción, captación, y combinación de los flujos de conocimiento que aparecen en distintos escenarios institucionales propios y externos; está fincada en la distribución y transferencia del conocimiento y en la atención universitaria al desarrollo local, en la capacidad institucional para adaptarse permanentemente al cambio social, en incorporar la dimensión y perspectiva internacionales para mejorar la academia.

En fin, hay muchos ejes que desde la sociedad y desde el interior de la universidad están impulsando los cambios institucionales; ejes que las políticas actuales no quieren ver. Los estudiosos de la universidad y los universitarios que la habitan deben estar alertas y participar, porque el conocimiento y la universidad misma seguirán estando en disputa para que sus productos se dirijan al mercado o para que se conviertan en bienes públicos.

En materia educativa estamos ante la necesidad y la posibilidad de hacer cambios profundos, de escoger algunas de las opciones que se abren ante la historia. ¿Podremos ir más allá de la idea de universidad pública que hemos tenido en los tiempos recientes? La discusión continúa.

 

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