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La autonomía de la universidad

Jorge Cuesta
Publicado en el Laboratorio de Análisis Institucional del Sistema Universitario Mexicano, noviembre 28, 2011


Jorge Cuesta y la autonomía de la Universidad

ANÁLISIS DEL PROBLEMA

Quien considera la vida de la Universidad durante los últimos años, la ve esclavizada, es decir, ve los estudios desnaturalizados y defraudados por dos distintas exigencias que se disputan el prestigio y el usufructo de la cultura, aunque no la responsabilidad y el esfuerzo que significa: una política y otra económica; pero cuya naturaleza, no obstante, es la misma en los dos casos, ya que el espíritu de cada una de ellas es servirse de la cultura, convirtiéndola en el instrumento de un beneficio personal antes que reconocer y servir a la finalidad superior que le es propia. La corrupción de los estudios, en efecto, tan insistentemente invocada en los círculos universitarios como la justificación de una reforma de la Universidad, no puede ser justamente concebida de otro modo que como la preponderancia en el espíritu de estudiantes y profesores del interés personal sobre el ánimo desinteresado de la cultura. La representación común que se da de este acontecimiento es que se han distanciado entre sí o que se han puesto en desacuerdo los fines de la enseñanza y los fines de la sociedad, en virtud de lo cual se cree necesario reformar o la una o la otra, para lograr la armonía que devuelva a los estudios la perdida conciencia de su utilidad y aun la utilidad misma. Sin embargo, la realidad es que, sin tener un poder efectivo para llevar a cabo esa vaga y utópica reforma, cada quien está dispuesto a dar satisfacción en los estudios antes que a los fines que va a perseguir o que ya persigue su vida en el mundo económico o político, que a los que persiguen los estudios por sí mismos en la vida de la cultura; de tal modo que, forzados por el espíritu que desconoce su naturaleza, los estudios y la Universidad sólo se sienten cada vez más desprovistos de un sentido social absoluto o de “una filosofía”, como muy exactamente se ha llegado a decir.

La descripción que se hace del hecho en la mayor parte de las ocasiones no tiene por objeto sino protegerlo y, por decirlo así, corroborar y ahondar más la corrupción de que se trata. Pero no creo que sea posible, después de la nueva ley universitaria y después del escándalo escolar a que se debió su expedición por el gobierno, que se retarde por más tiempo, despreciando esta oportunidad de hacerlo fructuosamente, el análisis del problema y la clara resolución de él.

La Universidad ha sido abandonada por el Estado, no sin un gesto patético muy significativo, “a sus propios fines”, en compañía de unos recursos económicos tan exiguos que no alcanzan para pagar el precio de una vacilación costosa o de una nueva experiencia sin éxito; además de que pesa sobre la Universidad la amenaza de que, si fracasa en esta aventura, vuelva a recibir “sus fines” del espíritu más empeñado en desconocérselos. La Universidad, pues, cuenta sólo con unas cuantas horas y con unos cuantos recursos para decidir y establecer su existencia y, con ella, la de la cultura nacional; de un titubeo, no más, depende que cambie su existencia definitiva por su definitiva muerte.

Decimos que son dos las exigencias que han pesado sobre la Universidad para impedirle cumplir con “sus propios fines”, una política y otra económica, las que en esencia son inseparables. Reconocido el hecho, se pretende, por cierto partido, para remediarlo, cambiar los fines de la Universidad y, en general, de la enseñanza, o, en otras palabras, cambiar su filosofía, mientras se pretende, por otro partido, con el mismo objeto, cambiar la filosofía o los fines de la sociedad. No nos detendremos a examinar la validez de estos proyectos revolucionarios y románticos, pues nos basta observar que, aun suponiendo que fuera posible la realización de cualquiera de ellos, la Universidad no va a tener ni tiempo ni capacidad para lograrla, ya que se trata nada menos que de cambiar la naturaleza de las cosas. Por otra parte, la Universidad reconocería pronto la insensatez de haberlo deseado, exponiéndose a un fracaso que estará sin duda al término de cualquiera de las dos experiencias, sólo por el hecho de que bastará un tropiezo para que la considere fracasada el ánimo político que espera disfrutarla, como un botín apenas se aflojen las manos que van a detentar su destino. No tiene la Universidad ocasión, pues, sino de reconocer “sus propios fines” y defenderlos de quienes están interesados en desvirtuarla y corromperla, además de que no es otra cosa lo que puede y debe realizar. Y reconocer “sus propios fines” y dedicarse a cumplirlos mostrará a los ojos de la nación tan vivamente esos fines, que es posible esperar que no pueda entonces falsificarlos ni ocultarlos quien lo desea en su personal beneficio político.

Lo primero que tiene que hacer la Universidad es identificar la personalidad de sus enemigos tradicionales o recientes y distinguir precisamente los intereses que atentan contra “sus fines”. Su última experiencia política es instructiva, a este respecto. Sus enemigos no son otros, y esa experiencia nos lo pone de manifiesto, que quienes pretenden supeditar toda la enseñanza a un interés, político o económico, ajeno a la enseñanza, aunque no al provecho personal de quienes lo alimentan, son, por tanto, quienes no conciben la cultura sino como un instrumento de los apetitos incultos, y que desconocen profundamente que la cultura es por ella misma apetencia, que más que ninguna otra la sociedad está obligada a satisfacer, debido, precisamente, a la superioridad de su valor respecto de los demás apetitos; debido, precisamente, a que su valor es por esencia social, a diferencia de los otros, que son esencialmente individuales. La cultura, desde el punto de vista individual, es un trabajo, un rigor, un sufrimiento; sólo para la sociedad es una satisfacción, un gozo, un usufructo. Los enemigos de la Universidad, en cuanto es fuente de cultura, son, por eso mismo, quienes la apartan de cumplir su finalidad social y la sujetan a la satisfacción de las ambiciones individuales, razón por la cual se causa en los estudios ese sentimiento de desacuerdo entre la naturaleza del estudio y el provecho que se espera de él o, por decirlo así, entre el olmo y las peras. La naturaleza de la Universidad, como cultura que es, no es beneficiar a los hombres como individuos, sino como sociedad; a los individuos no da otra cosa que deberes, privaciones y sacrificios. Por esto, y no por otra cosa, el pueblo huye espontáneamente de la Universidad, si es Universidad en realidad. Y por eso los enemigos de la Universidad se empeñan en hacerla desaparecer convirtiéndola en una explotación cuyo fruto no será recogido por la sociedad, sino por los individuos en particular, de tal modo que puedan hablar de “una Universidad para el pueblo” y concebirla como una especie de botín.

Si aceptamos la denominación usada por la mecánica intelectual que simplifica a las mentes políticas la concepción de los complejos sociales, bien podemos decir que, ciertamente, el espíritu utilitario, enemigo de la Universidad y de la cultura, es el de la burguesía; pero a condición de que no exceptuemos de la burguesía a los pretendidos revolucionarios que quieren dar como desinterés, el que, en vez de esperar de la cultura un provecho económico, esperen de ella uno político. Reconocemos como burguesía, pues, en este caso, a todo espíritu interesado, a todo espíritu que, en su relación con la cultura, no trata de servirla, sino de servirse de ella, es decir, aplicarla a un objeto o a una satisfacción por completo extraños a “los propios fines” de la cultura. Es natural que el primer lugar donde aparezca este propósito de desvirtuar la cultura sea la cultura misma, como que sean los universitarios entre quienes se presenta el propósito de falsificar a la Universidad o, en otras palabras, de acuerdo con la convención que aceptamos, que sean los universitarios entre quienes abundan los burgueses. Pero debe insistirse en que es un burgués o espíritu interesado en contra de la cultura, y que igualmente persigue en la Universidad exclusivamente llegar a enriquecerse en un bufete privado, quien persigue en ella llegar al puesto de secretario de Estado, para todavía entonces pretender que la Universidad siga al servicio de su prosperidad política. Es un burgués todo aquel que ve en los estudios universitarios sólo un camino para lucrar, tanto como presidente de una comisión de bancos que como secretario de Educación. La cultura universitaria, abandonada a “sus propios fines”, por lo contrario, no sólo es una ocupación penosa, sino absolutamente improductiva.

Lo primero, pues, de lo que tienen que distinguirse “los propios fines” de la Universidad es de las profesiones lucrativas. Si la Universidad quiere existir como cultura, de acuerdo con su naturaleza, debe apartar dentro de ella, de un modo absoluto, la idea de cultura y la idea de lucro; debe conformarse a la naturaleza de la cultura, que es no servir a nadie ni para su prosperidad económica ni para su prosperidad política. Su deber es satisfacer antes que ningún otro el apetito social de la cultura.

Si se toma en cuenta que es el Estado el más importante reducto de los profesionistas burgueses, no puede uno extrañarse de que la Universidad, en poder del Estado, no haya concebido otra función que la servil de proporcionar técnicos a las empresas económicas que pagan impuestos al Estado, y al gobierno, burócratas o secretarios de Educación. Ha atendido la Universidad todas las demandas menos la suya propia, lo cual pone de manifiesto la fuerza de la esclavitud que ha sufrido hasta ahora y lo difícil que habrá de ser su radical liberación cuando, libre ya para reconocer sus propios deseos, se encuentran disminuidos sus recursos económicos, es decir, sin poder para satisfacer su propia demanda, sin dinero para comprar lo que requiere naturalmente su existencia. Y lo que requiere naturalmente su existencia es estudiar, dedicarse al estudio por interés del estudio, dar vida a una cultura superior, la cual no consiste sino en un estudio desinteresado. Pero la cultura superior (el estudio como utilidad social), si la Universidad no la paga, no tiene otra oportunidad de existir en México; pues ni los ricos se la otorgan a sí mismos, ni es solicitada y mantenida por las empresas privadas, ni por las donaciones benéficas, ni por la administración pública, sin exceptuar a la Secretaria de Educación.

Ahora el Estado, pues, abandona la Universidad a “sus propios fines”, sin comprenderlos siquiera, con unos recursos insuficientes aun para satisfacer la exigencia viva del propio Estado, o sea la de que, de un modo que lo haga accesible tanto a los pobres como a los ya ricos, la Universidad siga encadenada a los fines, extraños a la cultura superior, de poblar de jóvenes ambiciosos e incultos, en la estricta ambición de la palabra, tanto las oficinas privadas de las compañías mercantiles como los corredores burocráticos que los conducen, cuando menos, al puesto de secretarios de Educación. Es decir, el Estado entrega ahora absolutamente a la Universidad la responsabilidad de cumplir con “sus propios fines” pero al mismo tiempo que les disminuye los recursos económicos y deja pendiente sobre ella, en la forma de una amenaza, la obligación de producir gratuitamente universitarios de tal modo corrompidos que, ya fuera de la Universidad, sólo están dispuestos a traicionarla y a impedir a la nación que posea la cultura a que aspira la nación sin esperanza.

Por fortuna, aunque pobre y amenazada, la Universidad encuentra ahora de cualquier modo una oportunidad de atender a “sus propios fines” y de dar a la sociedad lo que la sociedad pide realmente y no lo que unos cuantos particulares reclaman en nombre de ella para su provecho personal. Pero es preciso que la Universidad afronte con una absoluta autonomía moral la necesidad y el problema que le entregan juntas su autonomía política y su asfixia económica.

[1933]

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Texto publicado en Cuesta, Jorge (2004) Obras Reunidas II. Ensayos y prosas varias, México, Fondo de Cultura Económica, págs. 207-211. Selección a cargo de Eduardo Ibarra Colado.


 

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